Ahora que mi hijo está a punto de cumplir 18 y por su invitación
pude estar cerca de una barra de fútbol por primera vez en 42 años y la
experiencia es variopinta.
Llegamos a la entrada del barrio y contra
una pared se estaba proyectando la señal, de a poco llegó la gente, en su mayor
parte jóvenes, un buen grupo de jovencitas, también había niños y adultos
muchos habitantes del barrio o sus cercanías.
Nosotros nos encontramos con un par de
conocidos de mi hijo, antes de iniciar el partido los líderes de la barra
empezaron con los cánticos, los saltos, las arengas, en su mayoría arreglos a
partir de melodías reconocidas, casi todo dedicado al equipo y a sus jugadores,
con uno que otro puyazo contra equipos rivales.
Vi mucho negocio alrededor de la barra y
el partido, los locales comerciales, el puesto de comidas, las colectas al
inicio para las bengalas y al final para un canelazo que no probamos, el licor,
el cigarrillo... mucho para mi gusto, como llevé la moto tenía la excusa
perfecta para no probarlo, aunque en un momento dado no me faltaron las ganas, que por supuesto me aguanté.
La narración del partido, imposible de
escuchar, ver la imagen del mismo en el primer tiempo casi igual, aunque
estuviera en puntas de pie sobre un montículo, el gol del equipo de casa no lo
pude ver, así que terminé saltando con los muchachos, no había más que hacer,
hasta que sentí que me metieron la mano a la chaqueta y supe que me habían
robado.
Mis compañeros fueron solidarios y
empezamos a buscar, fue obvio que les ahogué sin querer la celebración del gol al
final de los 45 minutos, me sacaron las llaves contenidas en un llavero de
cuero, asumiendo tal vez que era una cartera, después de la piedra inicial me
puse a hacer hoʻoponopono[1]
(la oración de perdón, lo siento, gracias y te amo) al ladrón, milagrosamente a
los 5 minutos un par de "preocupados
hinchas," no las devolvieron
sin más.
Ya para el segundo tiempo buscamos una
ubicación desde la cual veíamos la imagen, a unos metros de los barristas, el
frío, el cansancio de piernas, el sufrimiento por ver al equipo defenderse y
defenderse hasta que casi al final del partido el rival empató y el partido
terminó, mientras tocó aguantar el fuerte olor a cigarrillo y uno que otro
efluvio de marihuana.
Finalizado el encuentro nos quedamos a un
lado departiendo con un lugareño barrista que nos contó su historia viendo a
mis contertulios tomarse unos traguitos mientras cuadramos la compra de boletas
para el partido del equipo el fin de semana. Para sacar la moto nos tocó
pasar por entre algunos pelaos que celebraban, los vidrios de botellas rotas y
la llama del canelazo no probado.
Esta mañana me desperté pensando en el
fenómeno "identitario[2]" de las barras y en
la emergencia del sujeto[3] actual, asi que para no
ponerme a explicarlo, decidí narrar la experiencia y les dejo la tarea, si es de su interés lector.
[1]
http://www.relacionesinternacionales.info/ojs/article/download/128/118.pdf Zygmunt
BAUMAN: una lectura líquida de la posmodernidad